La pared blanca

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Cloe Guerrero
Cuando fui indagadora. Comencé a serlo con tan solo siete años, quería saberlo todo, sobre todo, mucho más que los otros y con los mayores detalles que pudiera tener, era más una necesidad que un pasatiempo. Pero no siempre he tenido esa curiosidad dentro de mí, que me hace vivir y disfrutar de una manera inigualable de la vida. El día que comencé a serlo, fue maravilloso, ese día, cuya historia recuerdo perfectamente, lo recuerdo tan tan bien, que todavía permanece en mi cabeza: como iba vestida mi madre al sentarse a mi lado, los distintos colores de los lienzos que trajo mi madre. En ese gran y querido día, mi vida cambió completamente.
Pero os contaré un poco de mi antes de que pasase mi gran día. Era una niña tímida que no hacía nada, no jugaba con los demás niños, se quedaba en el sofá horas, observando al intenso vacío que tenían las paredes de color blanco, esas paredes que por horas y horas miraba, no me cansaba. Mis padres estaban muy preocupados, cuando me tumbaba en el sofá, me ofrecían ver la tele, como hacían todos los niños de mi edad, me daban cómics, libros, juguetes, ¡incluso llegaron a darme hilos para hacer punto! Pero no hubo forma que dejara de mirar a las paredes. También fueron a mi colegio para ver qué fallaba, ya que las profesoras le habían dicho a mis padres que casi ni hablaba. Me habían cambiado de colegio muchas veces, pensaban que tal vez serían los compañeros, los profesores o quizás las clases, no sabían que estaba ocurriendo, o no sabían si realmente ocurría algo, tal vez sería así, no sabían nada de nada. La verdad, es que lo intentaron absolutamente todo. Pero no había manera. Algunas compañeras de distintas clases intentaban hablarme pero yo la salía corriendo, no necesitaba a nadie, era feliz sentada al lado de una pared blanca, era lo único que me hacía divertirme, pero os preguntareis, ¿una pared blanca? Pues si, una pared blanca, la verdad es que era un poco rara, pero bueno, pararos a pensar en una gran pared blanca, no hace falta ni que sea grande, un cuadro blanco, sin nada más, ¿y que se puede hacer? Pues os contaré. En una pared blanca, pensad, tenéis muchas más posibilidades de hacer cosas que en una pared azul, gris, verde. Sobre el blanco podéis pintar lo que sea, imaginar muchos colores ya que no se mezclarían como en una pared de color rosa o verde, da sensación de ser tranquila, serena, amplia.Yo era como una pared blanca, simple. Pasaron días, semanas, meses, e incluso años y yo seguía sin darme cuenta de lo solitaria que era. Un día cualquiera como otro, yo estaba sentada, en el sofá como de costumbre, y llego mi madre y se sentó a mi lado, e hizo lo mismo que yo, a continuación dijo:
Cariño, ¿en que piensas realmente?- lo dijo sin despegar la vista de la pared, tan solo me imitaba
Yo quite la vista un momento, asombrada de que se hubiese sentado conmigo, como dije antes, lo habían intentado todo, pero nunca habían intentado comprenderme.
Pues pienso en todo lo que se puede hacer con una pared blanca.- Dije mirando a sus bonitos ojos, de color azul. Su azul, me hace quedar absorta en sus preciosos ojos que parecen tan cristalinos como la salada agua de mar. Apartó la vista de la pared y se quedó pensando, mientras fruncía el ceño, como si estuviese exprimiendo su cerebro al máximo para pensar en alguna idea. A los minutos, se levantó de un salto y fue rápido a su despacho. Oí como encendía las luces, revolvía en los papeles, abría y cerraba cajones… Finalmente me trajo un pequeño lienzo, del mismo tamaño de un folio y de color blanco. Me lo dejo en la mesita, que también era blanca, y se esfumo rápidamente, tan rápido que ni me di cuenta de por donde había salido. A los pocos minutos regresó:
Enséñame lo que piensas- dijo extendiendo de su brazo unas acuarelas poco usadas, con gran variedad de colores y unos pequeños cajones para hacer tus propias mezclas.
Me dio un pincel y yo, como nunca había utilizado unas acuarelas, así que cogí unos de los pinceles más finos que vi, lo metí en los circulitos con esa especie de pintura, pero no se mojaba. Miré a mi madre señalándole que algo fallaba.
¡Uy! Es verdad, espera un momento- fue corriendo a la cocina y volvió con un vaso de agua que lo dejó justo a mi lado.
Yo lo que hice fue beber, pero por lo visto, no esta para eso.
¡Noo! No te la bebas, es para humedecer las pinturas. De verdad, vaya cabeza que tienes. – dijo recogiendo un mechón que se me había soltado de mi pequeña coleta.
Seguí sus ordenes, humedecí el pincel, mire la pared, volví a mirar al lienzo, y comencé a pintar lo que pensaba.
Las primeras veces pintaba con pocos colores, pero poco a poco comencé a convertirme en una artista. Me llevaba un papel o lo que fuese, pero eso si, con la condición de ser blanco y al lado de una pared blanca, si no, se me hacía imposible poder imaginar algo.
Tras unos meses, estaba esperando a mi madre, a que llegase con los lienzos que me había prometido, pero mientras lo estaba haciendo estaba pensando en lo que iba a pintar hoy, obviamente mirando a la pared blanca, pero de un momento a otro mis ojos se despistaron y se encontraron con una ventana. Siempre supe que estaba ahí, pero nunca la había apreciado con tanta concentración. Me comencé a fijar en lo que había tras la mosquitero que nos protegía. Vi todo mi patio de una manera tan diferente, nunca me había fijado en lo bonito que era, con esos detalles que ninguna casa tiene, con esas flores, aunque algunas estaban un poco desfavorecidas, otras estaban en su máximo esplendor, esas baldosas que de lo viejas que eran caían a pedazos y dejaban lugar para que florecieran hierbas, ese limonero que parecía estar pintado con mis acuarelas ya que tenían un color tímido, un color que aún le falta madurez, un color seco, pero precioso. Tal vez el patio no fuese tan hermoso a primera vista, pero sin lugar a dudas, los detalles de cada uno de sus rincones eran preciosos, tan solo había que fijarse un poco más, un poco más de lo habitual, un poco más de lo que estamos acostumbrados.
Al mirar tanto la ventana, decidí ponerme en pie y salir a fuera, cosa que nunca había hecho por propia voluntad. Estaba atardeciendo, un día de casi verano pero todavía la brisa de la primavera nos refrescaba las calurosas tardes de mi querido mes de abril. Al salir no sabía que hacer, no tenía ni idea, así que hice lo de siempre. No, no volví a dentro, me senté en una de las sillas que adornaban el patio y miré, en la misma postura que miraba a la pared blanca y comencé a concentrarme, a fijarme en los detalles como siempre hago, pero decidí levantarme a mirar todo, observar, tocar, oler, mirar con ojo de halcón. Vi de todo, desde insectos muy muy raros, hasta insectos de lo más hermosos, plantas preciosas, jarrones.
De repente mi madre llegó y se quedó con la boca abierta, literalmente, yo al verla, solté un carcajada. Me fije en que iba con un par de lienzos, pero de varios colores.
Pensé que te animarías a pintar sobre más colores, para cambiar un poco, pero ya veo que que has cambiado tu solita. – Miró al cielo y dijo. – ¿qué haces sin chaqueta a estas horas? Es muy tarde y ya ha oscurecido, venga entra ya, que vas a coger un resfriado – le di un beso y obedecí.
Y así comencé a pasar todas las tardes, investigando, en cualquier lugar, observando los detalles. Me gustaba mucho mirar lugares nuevos y mirar en los viejos por si algo había cambiado. Mi madre, me observaba al igual que yo miraba los lugares y cosas, veía como iba avanzando con autonomía. Yo sola había pasado de ser una niña que no se relaciona con nadie, a ser una niña que se relaciona con todos y cada unos de los compañeros de clase,no se me escapaba ni uno, porque también me gustaba saber cosas sobre la gente, lo que le gustaba, lo que no, lo que es y lo que no es, ya que cada persona es un mundo y cada mundo tiene detalles. Y yo, bueno, también era un mundo, pero un mundo que a primera vista parecía ser blanco y sin ninguna historia pero, los detalles, en mis detalles, muy pequeños, casi imposibles de visualizar, solo los podría ver la gente que pone el mismo empeño que yo en ver lo bonito de las cosas, podría ver que tengo detalles pequeños, diminutos, se podría decir que tenía millones de detalles, pero cada uno de esos detalles, eran un pequeño mundo.
Porque si una cosa que me ha enseñado mi pared blanca, es que lo bonito no es lo que vemos a primera vista, lo bonito es indagar, indagar en cosas que parezcan aburridas, tontas, absurdas y darte cuenta de que al mirar las cosas con un poco más de cuidado, podremos apreciar los bonitos lugares que esconde la vida.

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